Si algo hace que reconozcamos en la ruleta a uno de los más maravillosos juegos de azar que hemos tenido la posibilidad de conocer en todas nuestras vidas como aficionados a las apuestas y a los casinos, ello es el gran dinamismo que comporta este juego, a partir del cual la adrenalina está presente en todas las instancias. Primero, al poner las fichas.

Luego, al esperar el resultado mientras vemos girar a la bolilla con esa tremenda furia con la que se desplaza por el borde de la rueda de la ruleta. Y finalmente, al recibir las fichas que nos tocan en concepto de premio, en el caso de que hayamos tenido la dicha de dar con un resultad ganador, algo que, conociendo un poco este juego, podemos decir que no es nada improbable.

Cuando la bolilla sale de la mano del crupier, comienza recorrer la rueda de la ruleta y toma velocidad por el borde por un tiempo, hasta que desacelera y baja de nuevo a los casilleros, la mayoría de quienes están tomando parte del juego sienten a su corazón palpitar a una velocidad mucho mayor, a un ritmo muy superior al que habitualmente deben latir esos corazones.

Las fichas que se han apostado y que están prolijamente colocadas sobre el paño del tablero de la ruleta, comienzan ahora, lentamente, a cobrar sentido, a hacerse presentes, a transformarse en parte de la realidad, y no un mero deseo o algo que se conjuga únicamente en le plano de la especulación, sin un trasfondo real.

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